Durante años pensé que la herida más profunda de mi infancia había sido el abuso. Nunca imaginé que el dolor más difícil de enfrentar llegaría cuando comprendí que la persona que debía protegerme eligió no hacerlo.

Trauma por Traición Materna: Cuando Descubrí la Traición de Mi Madre
Fue durante mi adolescencia, cuando mi mente ya tenía la capacidad de comprender, recordar con claridad y diferenciar lo que estaba bien de lo que estaba mal. Fue entonces cuando adquirí una conciencia real de la traición de mi madre. No ocurrió en un solo instante; fue un proceso lento y doloroso en el que, poco a poco, empecé a mirar mi historia desde una perspectiva completamente diferente.
Hasta ese momento, nunca había pensado en mi madre como una persona que me hubiera traicionado. La veía como una mujer fuerte y, al mismo tiempo, profundamente frágil. Ante la sociedad parecía una madre protectora, pero dentro de nuestra casa la realidad era muy distinta. Desde muy pequeña tenía un sentido muy claro de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Aunque era solo una niña y no sabía cómo protegerme, sí sabía reconocer que aquello no era normal y buscaba constantemente a mi madre para contarle lo que estaba pasando y cómo me hacía sentir.
Cuando tenía apenas cinco años reuní el valor para decirle que su pareja estaba abusando de mí de diferentes maneras. Recuerdo que me pidió guardar silencio porque ella iba a “resolver la situación”. Yo le creí. Era mi madre y confiaba en que haría todo lo necesario para protegerme. Lo que nunca imaginé fue que esa conversación no sería el comienzo de una solución, sino el inicio de más de diez años de silencio, miedo y abandono.
Con el tiempo entendí que no solo me había enseñado a guardar el secreto. Sin darse cuenta, también me estaba enseñando a callar mi dolor, a desconfiar de mi propia voz y a creer que expresar lo que sentía podía traer consecuencias peores que seguir soportándolo. Cada vez que acudía a ella buscando protección, aprendía que mi sufrimiento debía permanecer oculto para no lastimar a otros. Ese aprendizaje me acompañó durante muchos años, mucho después de que el abuso terminara.
“El silencio nunca fue mi decisión. Fue una responsabilidad que aprendí demasiado pronto.”
Crecí viviendo con miedo dentro de mi propia casa. Las constantes palizas, los comentarios inapropiados, los comportamientos extraños y los toques que jamás debieron ocurrir hicieron que rechazara por completo a ese hombre. Muchas veces fui vista como una adolescente rebelde por familiares y personas cercanas. Nadie se preguntó qué había detrás de mi comportamiento, qué estaba intentando expresar. Simplemente me juzgaron por mis reacciones, mientras yo seguía cargando con un secreto que mi propia madre me había enseñado a guardar.
Con el paso de los años, las conductas de ese hombre dejaron de ser un secreto. Ya no era solo conmigo; otras personas comenzaron a hablar de él y, en distintos pueblos donde llegábamos a vivir, era conocido por sus comportamientos exhibicionistas e inapropiados. Mi madre y él terminaban la relación en varias ocasiones, nos mudábamos intentando empezar de nuevo, pero con el tiempo siempre regresaban el uno al otro. Para mí, cada mudanza representaba una pequeña esperanza de que todo hubiera terminado, y cada reconciliación significaba volver al mismo infierno del que creía haber escapado.
“Cada mudanza me devolvía la esperanza. Cada regreso me enseñaba que mi seguridad nunca sería la prioridad.”
Solo cuando la vergüenza dejó de ser un problema privado y se convirtió en algo público, mi madre decidió terminar definitivamente con esa relación. Yo ya tenía alrededor de quince años. Para entonces, el daño llevaba casi una década acumulándose.
Durante todo ese tiempo crecí creyendo que también era mi responsabilidad guardar silencio y cuidar de mi hermana menor para que no le ocurriera lo mismo. Mi madre siempre me hacía sentir que debía tener paciencia porque ella estaba “haciendo cosas para resolver la situación” que todo era parte de un “sacrificio momentáneo”. Yo quería creerle. Necesitaba creerle. Nunca dejé de esperar que un día cumpliera la promesa que me había hecho cuando tenía cinco años.
Fue en la adolescencia cuando empecé a comprender realmente todo lo que había vivido. Mi mente ya era capaz de unir los recuerdos, entender las decisiones de los adultos y analizar las consecuencias de todo aquello. Fue entonces cuando descubrí que el mayor dolor de mi historia no había sido únicamente el abuso. Lo que terminó rompiéndome por dentro fue comprender que la única persona que tenía la responsabilidad de protegerme había decidido no hacerlo, fue entonces cuando comencé a comprender el trauma por la traición materna.
“Hay heridas que no empiezan a doler cuando ocurren. Empiezan a doler cuando finalmente somos capaces de nombrarlas.”
De pronto, muchas piezas comenzaron a encajar. Comprendí que no me había protegido física, emocional ni psicológicamente. Comprendí que me había dejado expuesta durante años, que me obligó a guardar silencio y que, una y otra vez, eligió mantener una relación antes que garantizar la seguridad de su propia hija. Esa comprensión cambió para siempre la forma en que veía mi infancia y la relación con la persona que más había amado en mi vida, lo único que tenia, mi madre.
Hasta ese momento había creído que la mayor parte de mi dolor provenía del abuso que había vivido. Sin embargo, al crecer descubrí que existía una herida todavía más profunda: aceptar que mi madre había tenido la oportunidad de protegerme y decidió no hacerlo. Ese fue el verdadero origen de mi trauma por traición materna. No solo perdí la sensación de seguridad; también perdí la confianza y el amor en la persona que representaba mi hogar.
¿Cómo Afecta el Trauma por Traición Materna al Cerebro?
Durante mucho tiempo pensé que lo que me había destruido emocionalmente era el abuso. Sin embargo, con los años comprendí que existía una diferencia enorme entre el trauma que produce un agresor y el trauma que produce descubrir que la persona encargada de protegerte eligió no hacerlo.
Desde la psicología, esto se conoce como trauma por traición (Betrayal Trauma), un concepto desarrollado por la psicóloga Jennifer Freyd para explicar lo que ocurre cuando el daño proviene precisamente de la persona de la que dependemos para sobrevivir. Cuando quien nos hiere es también quien representa nuestra seguridad, el cerebro se enfrenta a un conflicto extremadamente difícil y doloroso de resolver. Necesitamos confiar en esa persona para seguir viviendo, pero al mismo tiempo esa misma persona se convierte en una fuente de peligro.
En mi caso, el abuso fue profundamente doloroso, pero lo que terminó rompiéndome años después fue comprender que mi madre había conocido lo que estaba ocurriendo desde que yo tenía cinco años y, aun así, decidió no protegerme. Esa comprensión cambió por completo el significado de todos mis recuerdos. Lo que durante años había interpretado como impotencia empezó a verse como una sucesión de decisiones que me dejaron expuesta al peligro.
“Hay heridas que no empiezan a doler cuando ocurren. Empiezan a doler cuando finalmente somos capaces de nombrarlas.”
¿Qué Ocurre en el Cerebro Cuando un Niño Descubre el Trauma por Traición Materna?
El cerebro de un niño está diseñado para asumir que sus cuidadores son una fuente de protección. Esa sensación de seguridad es uno de los pilares sobre los que se desarrolla el apego, la regulación emocional y la capacidad de confiar en otras personas. Cuando un niño descubre que quien debería protegerlo no responde, el cerebro no solo experimenta miedo. También pierde una de las bases más importantes para su desarrollo: la sensación de que existe un adulto capaz de mantenerlo a salvo.
Desde la neurociencia sabemos que experiencias como estas pueden mantener activada de forma crónica la amígdala, la estructura cerebral encargada de detectar amenazas. Al mismo tiempo, el hipotálamo activa repetidamente el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), provocando una liberación constante de hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina que desestabiliza el sistema nervioso. Estas respuestas son muy útiles cuando el peligro dura unos minutos, pero pueden volverse perjudiciales cuando el cerebro aprende que el peligro es prolongado y nunca termina.
Para un niño, no importa únicamente lo que ocurre. También importa si existe alguien que lo ayude a sentirse seguro después. Cuando esa figura protectora no aparece, el sistema nervioso puede permanecer durante años funcionando como si siguiera viviendo bajo amenaza, incluso cuando el peligro ya ha desaparecido.
El Trauma No Solo Cambia Lo Que Sentimos. También Cambia Cómo Funciona Nuestro Cerebro.
Durante mucho tiempo pensé que había algo defectuoso en mí. No entendía por qué reaccionaba con tanta intensidad, por qué me costaba confiar en las personas o por qué vivía en un estado constante de alerta. Hoy entiendo que muchas de esas respuestas no eran defectos de mi personalidad. Eran adaptaciones.
Mi cerebro había aprendido que el mundo no era un lugar seguro. Había aprendido que incluso la persona que debía protegerme podía ignorar mi dolor. Desde esa perspectiva, mantenerse alerta no era una exageración; era una estrategia de supervivencia. Eso explica por qué muchas personas que crecieron en ambientes traumáticos desarrollan hipervigilancia, ansiedad, dificultades para confiar, depresión o problemas para regular sus emociones. No porque estén rotas, sino porque su sistema nervioso hizo exactamente lo que debía hacer para intentar mantenerlas con vida.
Referencias científicas
- Freyd, J. J. (1996). Betrayal Trauma: The Logic of Forgetting Childhood Abuse. Harvard University Press.
- Freyd, J. J. (1994). Betrayal Trauma: Traumatic Amnesia as an Adaptive Response to Childhood Abuse. Ethics & Behavior, 4(4), 307–329.
- van der Kolk, B. A. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Penguin Books.
- Siegel, D. J. (2020). The Developing Mind: How Relationships and the Brain Interact to Shape Who We Are (3rd ed.). Guilford Press.
- Perry, B. D., & Szalavitz, M. (2017). The Boy Who Was Raised as a Dog (3rd ed.). Basic Books.
- National Institute of Mental Health (NIMH). Coping With Traumatic Stress. https://www.nimh.nih.gov
- American Psychological Association (APA). Trauma. https://www.apa.org/topics/trauma
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- Shonkoff, J. P., Garner, A. S., et al. (2012). The Lifelong Effects of Early Childhood Adversity and Toxic Stress. Pediatrics, 129(1), e232–e246.
Descargo de responsabilidad
Este artículo tiene fines educativos e informativos y no sustituye la evaluación, el diagnóstico ni el tratamiento realizado por profesionales de la salud mental o médica. Si has vivido abuso, negligencia o experimentas síntomas relacionados con trauma, ansiedad o depresión, busca apoyo de un profesional cualificado.